Cuestionarse es hiriente y no hacerlo vivir como un títere.


Siempre pensé que las personas como yo tenían algún nervio zafado, como si estuviese escrito que era malo disfrutar del paisaje, del silencio, de la oscuridad, las nubes, los árboles, las estrellas, la luna, las montañas, el agua. Como si  encontrarse a uno mismo mientras ve más allá del cielo oscureciendo fuese una locura.  

Pero hoy se confirmó mi teoría de que las personas que disfrutamos de aquellas cosas, solemos ser más sensibles a los conflictos sociales, somos más dados a ver en la gente y en las cosas, algo que los demás no ven, algo que nos hace leer entre líneas, como si viésemos más allá del tedio, el tiempo, el sol, las calamidades.

Anexo en mi libreta de aventuras, un paseo al aire libre, el viento soplando sobre nuestros cuerpos, el pasto haciendo de las suyas sobre nuestra espalda, los rayos del sol recordándonos la vida. El sentir simple y llanamente, el cambiar de ambiente, el de ver un atardecer sin las presiones que normalmente tenemos, como si desconectar hiciese falta, como si mirando pudiésemos responder las preguntas que aún no formulamos, como si aquello nos contestase la infinidad de trasmutación que hay en el ambiente, la calma maltratada por la prisa, como si con todo aquello lográramos matar la rutina invasora de nuestros días.

Aprendí que no son sólo  las historias compartidas, si no los silencios invasores los que permiten alejarnos de la déspota costumbre. Entendí, que hay que disfrutar de  lo que se hace, que hay que intentar tatuar en la mente los recuerdos, las vivencias, como si intentáramos un día cerrar los ojos y recordar ese instante, verlo tal como fue, lo que se sintió. Como si brindaras a tus ojos la opción de capturar instantes, miradas, palabras, gestos.

Aprendí  que el  problema es recordar demasiados olvidos, donde no hay memoria, que la ignorancia es un demonio y la rabia un enemigo, que la vida es un constante cambio y es decisión propia adaptarse a ello siendo honestos.

Aprendí que la sociedad es opresora, las leyes una cárcel, el protocolo prisionero de nuestra imaginación, descubriendo que cuestionarse es hiriente y no hacerlo vivir como un títere.

JenHathor

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