Su computadora madre


Él me decía que no permitiría enamorarse de mí, porque no se perdonaría perder a la persona en la que me había convertido en su vida. Porque era más que una amiga, una amante, un alma invasora. Él decía que era su computadora madre, a la que debía conectarse para reiniciar.

Era como si mi presencia en su universo permitiese reactivarse, ponerse alerta. Yo le decía que hay personas que están destinadas a invadirse, y que viviéramos cada día a  la vez, que aunque mutuamente nuestras almas se admiraran y  quisieran, hay personas que permiten conquistarse desde lejos. Porque existía una gran diferencia entre ser infiel y ser desleal.

Que aunque se mudara a otro universo, o volviera a los que había visitado, el mío confabularía para seguir ahí, llenándole de mis letras, ocurrencias y escritos.

Mi opinión de su alma era noble, aunque no se mostrara así todo el tiempo y con todo mundo. Yo me convertía en una afortunada al ver esa grandeza.

Mirarle era como contemplar un paisaje, con su esencia misteriosa, como si fuese de esas criaturas mágicas en vía de extinción, era como mi vínculo a la naturaleza, como si ambos encontráramos un curso purificador, aunque nos mostráramos un tanto siniestros.

Si me pidiese que le definiera sería algo así como una golondrina, de espíritu viajero, con intensos deseos de libertad, de espacios abiertos aunque también familiar, con la capacidad de percibir activada, como si valorase la realidad desde las alturas.

JenHathor

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