Luces que encandilan el alma


Ahí estaba yo, mirándole,  tratando de plasmar en  letras lo que vivíamos en cada aventura, con un lapicero en la mano, y la vista fija siempre en él, en el entorno; la luz de la luna no alcanzaba a invadir el sitio, pero tenía al fondo parte de la ciudad, una luz tenue iluminaba su rostro,  mientras que levemente se escuchaban voces de algunos visitantes.

En medio de la espera entendí que quería ser esa luz, una que le tranquilizara, una de la cual no se cansara, una a la cual deseara fervientemente que le iluminara sus días con enseñanzas.

Quería ser una luz que no le cegara el juicio, porque en cierta medida sentía que encarcelaba su salvaje alma. Quería ser de esas luces que encandilan el alma, el camino, pero sutilmente, de esas que te satisfacen desde una distancia prudente y no de esas que te enceguecen.

Las charlas que me había regalado antes, me habían hecho comprender que le gustaba estar allí, en su pueblo favorito, era como si ese pedazo de tierra le llamara, como si fuese un imán que le atrajera cada vez más.

Recordé en medio de la noche, el ruido, la calma maltratada por la prisa, y después de una larga caminata bajo la luz de la luna,  lo que dijo García Márquez “La vida no es lo que uno vivió, sino lo que recuerda, y cómo la recuerda para contarla” y justo ahí, la frase tuvo sentido.

JenHathor

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