Conversaciones en Berlín


– ¿Y esa sonrisa? _Me dijo con cierto tono de malicia._

– He conocido a alguien, _ le dije mirándolo a los ojos._

– Se nota.

– ¿Por la sonrisa?

– Más que eso, por los ojos.

– ¿Qué puedo decirte? Me ha enseñado a ser libre.

– Lo sé, solías cohibirte, incluso hace mucho no leía tus escritos.

– Sí, intentaba no hacerle daño.

– Ponte en primer lugar, siempre te lo he dicho.

– Lo sé… Sabes, ha dicho que tuvo que equivocarse conmigo para poder estar en el lugar que siempre anheló. Pienso que ahora ella le da lo que yo nunca pude.

– No debes reclamarte algo que ya ni al caso, háblame de el de la sonrisa.

– No hay mucho que decir, ¿te ha pasado que no logras definir lo que sientes? como si al hacerlo, no pudieras describir tal esplendor. Eso me pasa, no sé, sólo me dejo llevar.
Él es simplemente purificante, mantiene de buen humor, su energía invade mis días de la forma más bonita. No sé, ¿Porqué te cuento esto? Eres de esos que maximizan tristezas.

– Eso no quiere decir que no me alegre por ti, ¡déjate llevar!

– Tengo miedo, a fracasar, a lo que sea.

– Jen, mírate…

– Lo sé, con él soy otra persona, una más espiritual, una más hippie, más feliz. Le conozco hace mucho tiempo, pero fue ahora el momento indicado para que nos invadiéramos mutuamente.

– No hay encuentros accidentales entre almas. ¡Sé tú!

Jen Hathor

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